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  • delaespriellasofia5

Catarsis

En la vida las palabras me habían pesado tanto que escribirlas fuera como destrabar un nudo enorme. Nunca antes había sentido el dolor ajeno tan propio. Nunca antes había temido tanto por alguien más y jamás me había sentido tan impotente como en estos doce días. Estar viendo (y de lejos) todo el día el sufrimiento, los abusos y la violencia desenfrenada en el país me hicieron creer que no volveríamos a salir de esa oscura noche de llantos, bombas, balas y miedo, sobre todo miedo. Ahora veo un poco más qué es crecer y vivir en una nación permanentemente lastimada.

Imagen de: laorejaroja


Fue así que entendí que en mis veinte años de vida, como mujer colombiana rodeada de privilegios no había entendido aún nada de la realidad de mi país. Todo esto me hizo recordar la tristeza profunda que vi en los rostros de algunas personas cuando ganó el No en el plebiscito en el 2016. Y ver que cinco años después de un avance histórico por cambiar un país sumido en la sangre y las armas seguimos divididos, llevados por discursos de odio y justificando muertes desde la equívoca visión binaria de “buenos y malos”, me hace pensar que parece que aún no hemos aprendido nada como sociedad. La vida vale entera y no a medias.


Las imágenes y los testimonios desgarradores de lo que está pasando en el país solo confirman el fracaso de los discursos de odio y división. Esta vez no se trata del campo, de esa guerra que se invisibilizó por estar “lejos”. Hoy, las redes y el internet muestran que las calles pavimentadas de las grandes ciudades también se convirtieron en campos de batalla. Lo que sigue siendo igual es que una vez más la violencia llegó a callar a quienes a gritos piden ser escuchados desde hace años. Quienes han vivido con hambre, pobreza e injusticias. Una mayoría de colombianos marginalizados y reducidos a indolentes cifras.


Esta bomba de tiempo se veía venir hace muchos años. Como lo dije en una columna anterior, Colombia está en una eterna deuda consigo misma pero esta vez se está pasando factura frente a los ojos de todos. Las diez víctimas de violencia sexual, los más de 30 asesinados y los 87 desaparecidos de estos días de paro nacional se suman a la larga cuenta de víctimas calladas a plomo en la historia de nuestro país. Ni los abrazos alcanzarán para disipar el dolor de una vida que ya no está. Ni los minutos de silencio callarán el llanto de la injusticia vivida por tantos años.


Sin embargo, hoy tengo razones para creer que todo este dolor servirá para hacer las cosas de forma diferente. Creo profundamente en la fuerza y la valentía de esta generación que se siente involucrada y se une sin importar de qué realidad se venga. Creo en el poder transformador que cada persona tiene para hacer las cosas diferentes desde su entorno y construir desde abajo. Creo que por fin estamos entendiendo que el discurso de los extremos jamás construirá y que la realidad no es de blancos y negros sino que está llena de matices. Creo que el espíritu de sentirnos involucrados impedirá que en el país se sigan haciendo las cosas en beneficio de solo unos pocos. Creo que por fin la empatía empezó a cobrar sentido cuando salimos de nuestra realidad para entender la del otro. Y por qué no decirlo, creo que todo esto servirá para derrotar en las urnas a quienes desde hace mucho tiempo promueven el odio y la violencia.


Estoy segura de que en medio de tanto desasosiego y dolor por esta crisis, las valientes voces que se juntaron al unísono en las marchas pacíficas dieron un paso más por la paz y la justicia en el país. Que esta sea la oportunidad de cambiar un antes y un después por el respeto a la vida y a la igualdad.


No voy a dejar de creer jamás. Por todas las familias que hoy lloran a alguien más y por todas las que a diario lloran vivir una vida sin oportunidades y llena de injusticias.





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