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  • delaespriellasofia5

Colombia: En eterna deuda consigo misma

Pensar que la retirada de la reforma tributaria saldará las profundas deudas con el pueblo colombiano es hacer una mirada parcial y miope del panorama nacional. Está claro que la caída de esta reforma se debe a la unión y la fuerza de la mayoría de los manifestantes que de forma pacífica ejercieron su derecho democrático de hacerse oír, ante un gobierno aparentemente sordo e inexorablemente desconectado. La violencia nunca será la solución, de ningún lado, las vidas perdidas jamás se recuperarán, el abuso de los derechos humanos y la represión vivida demuestran que el problema va mucho más allá de la problemática reforma que el gobierno había propuesto.

El país está profundamente dividido, con líderes incendiarios y en medio de un tercer pico de covid con una crisis social, económica y política encima. El paro también hizo más latentes las grandes grietas que nuestra sociedad tiene y que no solo este gobierno ha dejado a un lado. Hay un trasfondo que desde luego requiere mucho más que una solución inmediata. Urgen la sensatez, el diálogo y el liderazgo en estos momentos.


En las últimas décadas se invisibilizaron muchos de los problemas históricos de nuestro país. El crecimiento de la desigualdad, la histórica ausencia del Estado en las regiones, la indolencia social, un sistema educativo profundamente desigual y carente de calidad, la violencia, la corrupción, la polarización y el radicalismo convirtieron a este país en una olla a presión de malestar social. En el 2020 la ONU registró 60 masacres con más de 250 víctimas en Colombia. En el 2021 ya van más de 30 dejando 119 víctimas. El recrudecimiento de la violencia demuestra la falta de compromiso con la paz. La JEP reveló que desde 2016 han sido asesinados 904 líderes sociales y 276 excombatientes de las Farc y la lenta y relegada implementación de los acuerdos nos aleja cada vez más de saldar las deudas históricas y de construir un país, a través del diálogo y la reconciliación, justo y democrático.


A todo esto le sumamos la llegada de un virus, que si bien nos contagia a todos, es desigual en sus efectos. El virus no solo ha costado miles de vidas, también ha exacerbado las brechas entre ricos y pobres dejando en situación de extrema vulnerabilidad a los segundos. El último informe del DANE sobre pobreza monetaria ha evidenciado que hoy en día los colombianos están asediados por el hambre. Según los datos publicados, el año pasado 3,5 millones de colombianos cayeron por debajo de la línea de pobreza, y 2,7 millones, en pobreza extrema. Al día de hoy, más de 1,7 millones de hogares no logran comer tres veces al día. Las infinitas quiebras, el crecimiento del desempleo y de la deuda pública del país esbozan un panorama oscuro. Está claro que para evitar un desastre peor a futuro, es necesaria la creación de una reforma tributaria dialogada, lejos de los favorecimientos a los más privilegiados, los intereses particulares y sin asfixiar ni sobrecargar a la clase media del país.


No se trata de reducir los problemas a buenos y malos porque eso solo nos ha traído desgracias. No es momento para seguir incitando a la división y los odios. El grito de inconformidad, sobrevivencia e indignación no acabará con el fin de las manifestaciones colectivas ni con la retirada de esta reforma tributaria. La soberbia, la megalomanía y la falta de escucha solo seguirán encaminándonos al abismo. Es momento de dejar los radicalismos a un lado. Es momento de dialogar, liderar y hacer política en unión por el bien colectivo de nuestro país.



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