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  • Sofia De La Espriella

¿Fin para la corona española?

El pasado 4 de agosto el emblemático rey emérito de España, Juan Carlos I, informó al mundo sobre su polémica decisión de dejar España debido a las investigaciones en su contra con el fin de proteger la corona y las responsabilidades del actual monarca, su hijo, Felipe VI. El asunto ha envalentonado a los enemigos de la monarquía.

La corona española tambalea en uno de sus peores momentos en los últimos tiempos. El icónico Juan Carlos I reinó España durante casi 40 años y representó la transición de la época franquista hacia la democracia, al asumir la jefatura del Estado tras la muerte del dictador. Pero hoy se ha visto involucrado en un nuevo escándalo, esta vez, de corrupción. La Fiscalía del Tribunal Supremo español y las autoridades de Suiza investigan al exmonarca por presuntas irregularidades en la construcción de una línea de tren en Arabia Saudita. No es la primera vez que se cuestionan las acciones del rey emérito y el nuevo escándalo dejó en evidencia la reputación en decadencia de la corona española. Con ello, se intensificó la discusión sobre el porvenir de las monarquías en el siglo XXI.


La imagen en caída libre del exmonarca empezó en 2012 con España sumergida en una crisis financiera y el escandaloso viaje que realizó el rey, de más de 40,000 euros a cazar elefantes en Botswana junto a su ex amante, Corinna Larsen y su íntimo amigo, Mohamed Eyad Kayali. Este era asesor de momento del gobierno Saudí e involucrado en el 2016 en el escándalo de los “Panama Papers” como apoderado de 15 sociedades offshore. Desde ese momento, la vida privada del emérito ha estado en el ojo de las investigaciones.


Su relación extramatrimonial y el previo estrépito protagonizado por su yerno Iñaki Urdangarin, que culminó con su condena de cinco años y 10 meses por corrupción, ponían en duda la rectitud de la familia real. En marzo de este año el diario suizo Tribune de Genève informó que el caso que salpicaba al exmonarca como beneficiario de 100 millones de dólares como parte de una comisión por el contrato de construcción del tren rápido en Arabia Saudita, parecía tener nuevas pruebas que rectificaban la corrupción del rey. El asunto estaba cerrado desde 2018 por falta de pruebas contundentes.


El tren de alta velocidad que cubre 450 km conectando Medina y la Meca, fue inaugurado en 2018. Ese año salió a la luz una grabación del 2015 en la que la ex amante del rey, Corinna, afirmaba que Juan Carlos I había solicitado al gobierno árabe una comisión por interceder en el trámite del contrato en el 2011 con un consorcio de empresas españolas. Tribune de Genève reveló que el rey había escondido el dinero en Suiza, en el banco Mirabaud y que en el 2012 él mismo había realizado una transacción de 72 millones de dólares a Corinna Larsen. Por esto, a pesar de que se rumora que la relación entre el exmonarca y la alemana empresaria terminó hace unos años, parece que tendrán que volverse a encontrar para responder ante las autoridades de Suiza y España conforme avencen las investigaciones.


Mientras tanto, la casa real ha marcado distancia del rey. El 15 de marzo, el actual monarca, Felipe VI anunció que retiraba a Juan Carlos I la asignación de presupuestos del Estado que recibía (cerca de 230.000 dólares anuales) y afirmó también que renunciaría a la herencia de su padre cuando llegara el momento. Asimismo, el diario El País de España confirmó que el actual demostró contundencia y apartó a su progenitor del día de la familia Real y evidenció una desvinculación completa entre la corona y su padre al agradecer la decisión del emérito de dejar España.


Algunos deslegitiman el actual trabajo de la familia real y la ven como una institución “débil e innecesaria” como el historiador español, Juan Ferreira. Alegan que el rol que cumple la monarquía perdió simbolismo e importancia muchos años atrás y que su carencia de poder político la convierte en “una institución sin sentido y derrochadora de dinero público”. Para él, la latente ruptura en la familia real lo demuestra. No obstante, reconoce que la crisis de la corona significa una inestabilidad completa para el país. Así también lo percibe el historiador y politólogo de la Escuela de Economía de Londres, Paulo Orellana: “desde 1978 España es una monarquía parlamentaria. El rey, así no ejerza funciones ejecutivas, es símbolo de unidad. Su colapso podría significar el colapso de la nación.” Pues, en España, especialmente, la corona ha unido y reconciliado a los españoles y ha reafirmado los valores de una democracia fuerte en una nación que no ha tenido buenas experiencias con la república como sistema.


La duda, cada vez más fuerte con los escándalos de las familias reales, sobre el rol de las monarquías en el siglo XXI ha obligado al análisis de su futuro. El investigador inglés, Ken Gladdesh, en su capítulo Declain or Fall del libro Monarchies, debate la supervivencia monárquica en el siglo XXI y encuentra como factor común en la crisis de institucionalidad de las monarquías hoy en día, que sus ingredientes esenciales, la credibilidad y el prestigio de su representación, han perdido su plausibilidad inherente. Puesto a la constante exposición en medios y redes sociales, las nuevas generaciones se cuestionan el porqué alguien es el símbolo de una nación por factores biológicos y el altísimo costo de mantener una institución simbólica. Sin embargo, el investigador afirma que “la patología del colapso del régimen” se tiene que analizar a profundidad por medio del análisis histórico del modo de funcionamiento de los regímenes europeos y sus mutaciones a través de las guerras y el tiempo.


Por ahora se desconoce el paradero oficial del rey emérito. Mientras tanto, el rey Felipe lucha por la estabilidad de la familia real en medio de una España dividida y polarizada entre quienes desconocen las funciones de la monarquía y quienes aún legitiman su institucionalidad. El porvenir de la corona española y de las otras nueve monarquías en Europa no está garantizado y su actual crisis institucional dependerá de la legitimidad con que los propios ciudadanos las vean. Por ahora, el panorama es bastante oscuro para quienes defienden a la realeza.

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