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  • delaespriellasofia5

Juntos pero no revueltos

Hoy en día las democracias no mueren de forma inmediata ni evidente. Las dictaduras ostensibles de izquierda y derecha o los golpes militares ya no son las armas comunes para la desarticulación de la democracia y el poder. La celebración de elecciones de alguna forma engaña y camufla los quiebres que los propios gobiernos “democráticos” generan en un sistema que está cada vez en más riesgo porque, paradójicamente, los demagogos que se jactan de “defenderla” utilizan sus propias instituciones legítimas para, de forma legal y sutil, acabarla paulatinamente.


Uno de los pilares esenciales de la democracia es la existencia de un equilibrio de poderes que no se base únicamente en la división del mismo en ramas sino que realmente garantice un control político y unos contrapesos, sobre todo al poder ejecutivo en los gobiernos presidencialistas para evitar el predominio unilateral. La independencia y la autonomía efectiva de los poderes debe trascender la apariencia y ejecutarse de forma real para evitar la concentración de poder que lleva a la impunidad

y a la destrucción de la democracia misma.


En los sistemas presidencialistas la figura del presidente representa, por naturaleza, la jefatura del Poder Ejecutivo. En teoría, el congreso debería ser su contraparte y debería fungir en representación del pueblo que lo eligió y debe regular y hacer control político al poder del gabinete presidencial. Y finalmente el poder Judicial, que aunque parezca una obviedad decirlo, encarna el principio de la democracia. Impartir justicia y abogar, desde la independencia, por los límites constitucionales sin ser influenciado por presiones o deseos de otros actores estatales u organismos de poder. Todo esto puede llegar a sonar fantasioso a la hora de analizar la democracia colombiana en este periodo álgido de la crisis por la pandemia y de “calentón” por la intensificación de polarización y radicalismos a un año de la contienda electoral.


El uribismo tiene en sus manos el control del poder Ejecutivo, del Legislativo (porque tiene mayoría a su favor) y además tiene como escudo una poderosa arma de su lado: los organismos de control. La Fiscalía, la Contraloría, la Procuraduría y hasta la Defensoría del Pueblo son los organismos de control, los “árbitros” de la democracia colombiana que han demostrado estar parcializados y ejercer, no como vigilancia y equilibrio de poderes, sino como escudo y arma para el gobierno actual para protegerse y proteger a los suyos y más bien concentrarse, a toda costa, en la oposición.


El actual autoproclamado “mejor fiscal de la historia” Francisco Barbosa, quien fue alto consejero de derechos humanos en el Palacio (un ex funcionario electo ahora en la fiscalía) y es un gran amigo del presidente Duque desde pequeños. Como era de esperarse, ha demostrado actuar en contra de enemigos del uribismo así sea desempolvando casos de muchos años atrás como el de Sergio Fajardo por no tener en cuenta con exactitud la volatibilidad del dólar en un contrato que firmó en el 2013 como gobernador de Antioquia o el de Aníbal Gaviria de hace más de 15 años o buscandole el quiebre a la oposición. Por ejemplo, cuando Barbosa involucró directamente a Gustavo Petro con la Ñeñe política sin mucha argumentación y por eso terminó retractándose. ¿Cómo es que no está politizada una Fiscalía liderada por un ex funcionario y gran amigo del actual presidente? El Defensor del pueblo Carlos Camargo, el encargado de la protección y del ejercicio de los derechos humanos en los territorios del país, a quien le llovieron críticas antes de su elección por manejos ligeros de recursos y a quien hoy en día defensores de derechos humanos y organizaciones de víctimas denuncian como gestor de nombramientos de personas con nexos paramilitares y vinculados con otros delitos. Y Margarita Cabello, a quien eligieron como Procuradora General de la Nación días después de haber renunciado al cargo de ministra de Justicia, de ser funcionaria del gobierno actual a trabajar en un organismo de control.


Pocas cosas son más perjudiciales para el equilibrio de poderes en una democracia que una rama judicial imparcial, sometida y al servicio político de algún sector específico. La justicia imparcial que no funge con un criterio de independencia es perversa e inútil y genera escepticismo en las instituciones y los organismos de control que están para asegurar los contrapesos en una democracia real y efectiva. La solidez, la autonomía y la legitimidad del equilibrio de poderes es el baluarte insustituible para las democracias.


Si a todo esto le sumamos los otros factores que ponen en riesgo a las democracias como la ausencia de partidos políticos sólidos y fuertes que sirvan de guardianes de la democracia al impedir que suban demagogos o líderes potencialmente autoritarios, la polarización extrema que hay en el país, la poca transparencia entre los rivales políticos de ver a la oposición como un rival legítimo y la preocupación de un posible fortalecimiento excesivo del poder Ejecutivo por encima de los otros poderes a causa de la pandemia y las medidas de emergencia que se tomaron, podemos ver que la democracia colombiana está en peligro.


Debemos recordar que en una sola mano, la democracia se resquebraja y que las democracias hoy en día no mueren en momentos específicos y únicos, lo que hace que darse cuenta sea aún más difícil. Las democracias exigen contrapesos, independencia, negociación y consensos. En estos casos de despojo silencioso a la democracia, la oposición se descalifica con facilidad y debemos ser cuidadosos con quienes vemos que son tildados de exagerados y alarmistas. Para la gran mayoría de personas, mientras haya elecciones por voto popular cada cuatro años, es casi imperceptible la erosión de la democracia. Pero ojo, en el Estado deben trabajar juntos pero no revueltos.


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