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  • delaespriellasofia5

La pesadilla está lejos de terminar

Pensábamos algunos, con cierto carácter iluso, que cuando el reloj marcara las doce el 31 de diciembre, algo de esa pesadilla del 2020 acabaría. Que el infortunado ambiente plasmado por la pandemia se iría poco a poco y la aclamada normalidad volvería extinguiendo la desesperanza de un año que acabó con mucho de lo que conocíamos. Tres meses después de aquel momento de ilusión, esperanza y nostalgia, la pesadilla de un mundo distópico continúa y ahora llega un nuevo pico del Covid-19. Los tapabocas, los toques de queda, confinamientos y de más medidas han llegado para quedarse un largo tiempo más en el mundo.


Imagen de: Time.com


Al principio se trató de un tema de incertidumbre, de espera y de acatar órdenes. Nos hemos tenido que acostumbrar, en una “nueva normalidad”, a vivir bajo el miedo, la culpabilidad y la amenaza. No solo el virus acecha, también la crisis económica, los retrocesos, la incertidumbre y el tiempo que vemos pasar con una rapidez preocupante. Sin duda algunos han tenido que cargar más con el peso del impacto directo del virus o de alguna de sus múltiples consecuencias. Sin embargo, por primera vez en muchos años, el mundo se ha estrellado colectivamente contra las heridas e injusticias de nuestro sistema que deslucen la existencia humana, nuestras relaciones interpersonales y nuestro trato a la naturaleza y sus recursos.


Poco más de un año después de las primeras noticias de la aparición del virus en el planeta, sabemos casi que con plena certeza que la sobrevivencia y transmisión del covid depende exclusivamente de los comportamientos humanos, transformándolo en un asunto social e inevitablemente político. Los picos de contagios en el mundo se han dado luego de temporadas o fechas festivas. En el ámbito privado es donde más contagios se producen debido a la relajación de las medidas en espacios cercanos o familiares. Según un estudio de la Universidad de Oxford que examina el éxito de las medidas de bloqueo individuales en la segunda ola en Europa, en 7 países y 117 regiones, los cierres y confinamientos tienen efectos significativos en la desaceleración de la propagación del virus. Por ejemplo, los toques de queda nocturnos reducen en un 15% los contagios y la adopción de medidas drásticas ha sido esencial para contener la variante del Reino Unido que es alrededor de 60% más contagiosa.


Sin embargo, sería un farsa decir que esta nueva vida de restricciones, miedos y amenazas no nos aterroriza tanto como el virus. No solo por las enormes consecuencias económicas y las quiebras que han generado los cierres de comercios, bares, restaurantes y de más. También porque jamás pensamos vivir la vida bajo una atmósfera de oscuridad, control y poca libertad. De estar aislados de los demás porque todos podemos ser un peligro para alguien más. Desde el año pasado, la OMS advirtió del alarmante crecimiento de afectaciones en la salud mental de las personas a causa de la pandemia. La organización detectó un incremento de la angustia de un 35% en China, un 60% en Irán o un 40% en Estados Unidos, tres de los países más afectados por la pandemia. La organización Mental Health Research Canada también detectó un crecimiento en la ansiedad, la depresión y el estrés en las personas que ha llevado a que los niveles de ansiedad y conductas nocivas como el suicidio y las autolesiones crezcan de forma preocupante y ni hablar del aumento de control y poder que han adquirido los gobernantes en las personas.


Las crisis vienen acompañadas de grandes aprendizajes y, por lo general, impulsan a mejores cosas. Parece que por fin nos estamos dando cuenta de que construimos un sistema regulador mundial que solo beneficia a unos pocos, que carece de pensamiento colectivo y por eso se desestabilizó por completo. Nos inventamos un sistema que nos impulsó a explotar nuestra creatividad, a ir siempre por más, pero olvidamos que debíamos hacerlo en conjunto, (entre y para) todos los seres humanos de la tierra y la naturaleza que nos da el privilegio de vivir. El sistema se está cayendo a pedazos y eso no es más que lo que la humanidad necesitaba para cuestionar la vida que se estaba llevando y replantearse su existencia en el planeta.


Está claro que nadie quiere vivir así y que hay ya un agotamiento colectivo que se refleja en el desacato de las restricciones. La saturación es tan normal como alarmante después de un año de un ciclo que parece no tener fin. Con el inicio de la vacunación mundial sentimos que vemos la luz al final del túnel, pero el incremento de casos alrededor del mundo, la aparición de las nuevas cepas y el retorno a los cierres y confinamientos, nos demuestran que esta pesadilla está lejos de terminar. En el mundo se han suministrado más de 649 millones de dosis de vacunas, lo que equivale a 8,5 dosis por cada 100 personas. Israel, Emiratos Árabes, Chile, Estados Unidos y el Reino Unido lideran las campañas de mayor cobertura de vacunación hasta la fecha. No obstante, ya existe una gran brecha entre los programas de vacunación en diferentes países, y muchos aún no han informado de una sola dosis.


Según el diario New York Times, el 85% de las vacunas que se han hecho en todo el mundo se han administrado en países de ingresos altos y medianos altos. Solo el 0,1% de las dosis se han administrado en países de bajos ingresos. También hay una sorprendente división entre continentes. África tiene la tasa de vacunación más lenta de todos los continentes, y muchos países aún no han iniciado campañas de vacunación masiva. Según el portal Time to Heard que, con base en los reportes diarios de la vacunación en cada país analiza en cuántos días se alcanzará la inmunidad de rebaño, nueve de los diez países registrados con datos de África, necesitarán de más de 2000 días para llegar a su inmunidad de rebaño si continúan con el actual ritmo de vacunación que tienen.


El objetivo mundial se ve con esperanza pero también muy lejano aún. Por supuesto que no es momento de bajar la guardia y seguramente tendremos que manejar el desasosiego y la frustración por un tiempo más. En cualquier caso, no podemos desentendernos de los efectos sociales de la percepción no solo de oscuridad, negatividad e incertidumbre, también de la vigilancia completa y permanente sobre nuestras vidas. El covid se adueñó del tiempo, todo lo que ocurre está determinado por los avances y el comportamiento de la pandemia. En definitiva, sin sucumbir al derrotismo, tengo que confesar que no sé si las cosas llegarán a ser como antes otra vez, lo que sí sé es que el cambio dejará huella para siempre y que la pesadilla está lejos de terminar.


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