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  • Sofia De La Espriella

Ni rosas ni chocolates

En vísperas del 8 de marzo, el día internacional de la mujer, promulgado por la ONU en 1975, lo que vemos por todas partes son los anuncios de los descuentos en rosas, chocolates y regalos para “celebrar el día de la mujer”. Lejos de tratarse de un día para felicitar a las mujeres o festejar, es el día para denunciar, recordar, reconocer y visibilizar lo que las mujeres, históricamente, han tenido que enfrentar. Una conmemoración de la batalla que tantas mujeres valientes iniciaron hace más de 100 años y que nos heredaron un avance hacia la equidad pero una lucha aún marcada por la discriminación, la opresión, la impunidad y la disparidad que están lejos de terminar.


La ONU catalogó a América Latina como la región más letal para las mujeres ya que acá se ubican 14 de los 25 países del mundo donde más se cometen feminicidios. Con cifras que van en exponencial crecimiento, la problemática no se ha solucionado ni con la tipificación del feminicidio como delito ni con el reporte del crecimiento de las cifras. Cada dos horas una mujer es asesinada en América Latina y solo en dos de cada 100 casos, los agresores son juzgados. En México, por ejemplo, los reportes anuales de crímenes contra la mujer muestran que en los últimos cinco años los feminicidios han aumentado un 137% superando los 1000 feminicidios (registrados en cifras oficiales) anualmente. Además, que 30 millones de los 46 millones de mujeres mayores de 15 años han experimentado actos de violencia alguna vez en su vida simplemente por ser mujeres.


En Colombia el asunto no es menos alarmante. El Observatorio de Feminicidios en Colombia reportó que 630 mujeres fueron asesinadas en el 2020, 256 fueron sobrevivientes de feminicidio en grado de tentativa y en lo que va de este año, 55 mujeres han sido asesinadas en el territorio nacional. Las cifras, aunque escalofriantes, se quedan cortas para demostrar la realidad de una problemática histórica. Un toro al que definitivamente no se le ha cogido por los cachos. Además, el debate no puede recaer en la indolente comparación de cifras, pues cada número tiene un rostro humano, una historia. Mujeres a las que se les fue arrebatada la vida, sus sueños, proyectos y esperanzas. La impunidad, la falta de reconocimiento y el silencio invisibilizador resquebrajan las esperanzas de que algún día las cosas sean distintas.


Pero el asunto no para ahí. El acoso hacia la mujer y la desigualdad también son latentes en el ámbito laboral. En el 2018 se reportó que 2.700 millones de mujeres no podían acceder a las mismas opciones laborales que los hombres en el mundo, menos del 7% de altos cargos ejecutivos en las principales empresas mundiales eran ocupados por mujeres y que solo el 11.4% de los puestos de jefatura de Estado los ocupaban mujeres, lo que demuestra que faltan aún muchísimos años para lograr la igualdad de género y las condiciones que la garanticen en el ámbito laboral.

Luego hay diversas problemáticas subyacentes a las diferencias de los índices de acceso al trabajo: las brechas salariales, el acoso laboral, la baja ocupación de mujeres en altos cargos públicos y ejecutivos, entre muchas más. Y ahora, se les suma otra de gran peso: los efectos de la pandemia. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la pandemia hará retroceder diez años la participación laboral femenina en América Latina tras la reducción de los índices de participación de mujeres en el mercado laboral al pasar del 52% en 2019 a 46% en el 2020.

En Colombia, el retroceso parece ser de más de una década ya que la participación de las mujeres en el ámbito laboral no estaba por debajo del 50% desde el 2009. Seis de cada diez empleos que se perdieron en el país por la pandemia eran de mujeres y ni hablar de la brecha entre salarios de las mujeres empleadas en el sector de la salud que son las que enfrentan en primera línea la pandemia . Pese a que, según el DANE, el 73.2% de personas en el sector de la salud son mujeres, hay una brecha de más o menos 25% en comparación con el salario que reciben los hombres del mismo sector.


El 8 de marzo no es para recibir ni rosas ni chocolates, queremos ver una unión y un trabajo real de acciones que desmantelen los sistemas de opresión y busquen construir estructuras fuertes en la sociedad que se basen en el respeto, la dignidad y la igualdad de género. No basta con compararnos con nuestras antepasadas y quedarnos en los aplausos por los avances que ellas lograron en la lucha, las injusticias siguen. El lunes saldrán millones de mujeres a las calles a reivindicar nuestros derechos y denunciar los abusos y amenazas a las que seguimos expuestas día a día. Porque mientras el mundo para por la pandemia, la violencia y la desigualdad de género,no, y en cambio, aceleran cada vez más.






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