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  • delaespriellasofia5

Un monstruo con corazón y memoria

A menudo deshumanizamos la guerra. En el país del dolor y la sangre nos acostumbramos a ver el mundo blanco y negro. Un mundo en disputa entre “buenos” y “malos”. Nos creímos el discurso que legitimó la destrucción y la división. Que de forma frívola e indolente, invisibilizó y convirtió a los seres humanos en fabricantes de guerra. Para quienes no la vivimos de cerca, la guerra es el fusil, el blanco y la sangre que se derrama a lo lejos. En la realidad, dentro de los horrores del cinismo bélico del conflicto, la guerra es de colores, llena de matices y complejidades. Se ríe, se llora, se ama y se vive (o se sobrevive) porque es un monstruo escondido en la fragilidad de las personas. Para construir una sociedad en paz, la memoria juega un papel fundamental. Pero no es lo único. Humanizar la guerra, verla desde distintas perspectivas y entender que, al fin y al cabo, es de seres humanos, es esencial.


En entrevista con la gran periodista Andrea Aldana, hablando acerca de sus crónicas del conflicto armado colombiano, me percaté de la falta de conocimiento y empatía que yo tenía. Sorprenderme e impresionarme de los relatos de los actores de la guerra que sienten, sufren, se ríen y viven más allá de las balas, fue la evidencia más grande de que, como yo, hay muchas personas que deshumanizan la guerra. Para entenderla, no basta con conocer los números y los nombres protagónicos. Fingimos saber de la guerra pero no, no sabemos. Andrea Aldana hace periodismo de inmersión en las regiones de Colombia y pese a que no se considera una heroína, su trabajo permite entrar en las entrañas de los territorios y las personas de la guerra de forma humana (algo que muy pocos han logrado). Sin prejuicios, cuestionamientos o intentos de hacer de juez, Aldana busca retratar sin filtros ni tapujos las caras del escenario bélico, donde ella misma se ha sentido más humana que nunca. Con un fusil en las manos y los nervios de punta, se enamoró, tuvo sexo, tuvo miedo, se sintió vulnerable y se sintió impotente varias veces.


Leyendo su crónica “Chocó no es tierra para débiles” pude acercarme a ver y sentir en cada palabra de su narración el miedo y la fragilidad de una combatiente tosca y dura, acostumbrada al dolor de la guerra, que todavía se desmorona (a pesar de que se resiste) ante el llanto y la muerte. Nadie que viva con este monstruo encima, por más duro que sea, pierde su humanidad y en la guerra, a veces “los malos” hacen de “buenos” y viceversa. Aldana ha ido como periodista a diferentes campos guerrilleros a comprender y narrar la vida de los combatientes y las dinámicas sociales de quienes han vivido la mayoría de sus vidas en un campo de batalla. Sin duda, su trabajo es una contribución inmensa a la construcción de memoria histórica del conflicto armado colombiano. Pero creo que lo más importante es que sus relatos logran humanizar a quienes han sido “máquinas de guerra” durante muchos años para los colombianos. Cada crónica le devuelve el tacto a su lector. En la guerra se teme, se enamora, se llora y se sueña con ser mamá.


El ejercicio de contar y entender, de hacer memoria, es indispensable para evitar que se repitan las tragedias, pero todas las memorias son esenciales en la historia: las memorias personales, las colectivas y la memoria histórica. Las memorias individuales, desde su narración de la experiencia de un individuo particular y su capacidad subjetiva, llevan a su público a tener una experiencia que se siente más cercana. Leer memorias individuales no solo produce empatía sino que permite la encarnación del lector en quien realmente vivió los hechos y sentir, vivir, pensar y ver lo que aquella persona cuenta. El lenguaje que se usa también expresa y representa a quien lo cuenta. Acá no existe la necesidad de una rigurosidad metodológica, ya que se trata de las narrativas de la vida, el testimonio y el empoderamiento individual de quien narra. Las memorias colectivas también permiten el empoderamiento y la visibilización de los testimonios para compartirlas con el público. Sin embargo, en contraste con las memorias individuales, las colectivas se construyen en lugares de encuentro de comunidades u organizaciones. Al ser escenarios compartidos, pese a que su fin es el mismo que las individuales, el lenguaje que utilizan representa las tradiciones, características o pensamientos de la comunidad en específico. Su instalación en la opinión pública permite la identidad particular que cada comunidad le imprime a su relato. Pues la cultura y las tradiciones de distintas comunidades es clave para ver a qué hechos les dan más relevancia y por qué lo consideran más importante.


Contar, escuchar y recordar es fundamental para entender, reconciliar y sanar heridas en una sociedad inmersa en la crudeza y los horrores de la guerra. Es el ejercicio de esclarecer los hechos pero también de darle un duelo justo a las víctimas de lo que han tenido que vivir sin revictimizarlas. Asimismo, la historia, cómo se construye y se representa, es fundamental para la construcción de una identidad política de Estado y por eso, es fundamental el trabajo de humanizar la guerra para la deconstrucción de falsas versiones y discursos que buscan justificar o invisibilizar el conflicto armado. Una retórica que nos ha hecho indolentes, ignorantes y ajenos a la realidad de todas las personas involucradas.


Habrá que reflexionar si podemos lograr la paz en una sociedad inmersa en la cultura de la guerra y el olvido. Mientras que sigamos viendo la guerra desde la perspectiva de fusiles, enemigos, buenos y malos, poco cambiarán las cosas. Pues, como la misma Andrea Aldana dijo, “en los territorios donde hay nada la guerra se vuelve un proyecto de vida.” Este es un monstruo con corazón y memoria, al que nos debemos acercar para entender y desmantelar, de lo contrario, la paz suena como un sueño utópico y la guerra seguirá siendo una razón de indignación que se ve a lo lejos con muertos que se lloran y muertos que se celebran.

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